Distribución de las guarniciones militares romanas en la provincia[editar]
Para poder garantizar el orden y seguridad de la provincia, terminadas las guerras cántabras (26 a. C.-19 a. C.) quedaron establecidas en la provincia Tarraconensis tres legiones:
- La VI Victrix (hasta su traslado a Germania Inferior en 70 por orden de Vespasiano) en Legio (actual León).
- La X Gémina (hasta ser enviada a Pannonia en 63 por Nerón) en Petavonium (Rosinos de Vidriales, Zamora).
- La IV Macedónica (hasta ser transferida a Germania en 43 por orden de Claudio I) en Pisoraca (Herrera de Pisuerga, Palencia).
Estas legiones estuvieron complementadas por varias unidades auxiliares, como el Ala Parthorum, o la Cohors IV Gallorum, aunque es muy difícil conocer exactamente cuántas de estas unidades formaron parte de la guarnición peninsular y cuáles eran exactamente.
En el año 68, según nos informa Suetonio,1415Galba disponía en la provincia de una legión, la VI Victrix, de dos alas de caballería y tres cohortes de infantería. Para reforzar sus tropas reclutó una nueva legión, la futura VII Gemina y un número similar de unidades auxiliares, de entre las que destacaron las cohortes de Vascones, aunque todas estas unidades le siguieron en su marcha hacia Italia para hacerse con la púrpura imperial.
En 69, por orden de Vitelio, la Legio X Gemina regresó a la península ibérica,16 acompañada por la Legio I Adiutrix, y, aunque ignoramos dónde fueron asentadas exactamente, posiblemente fueron acantonadas en la Baetica y la parte sudoriental de la Tarraconensis para prevenir una posible invasión desde el Norte de África, controlado por Lucio Clodio Macro; de todas formas, ambas legiones, junto con la VI Victrix, abandonaron el partido viteliano y se declaron partidarias de Vespasiano, quien las envió rápidamente a Germania Inferior para aplastar la revuelta de Civilis.
Posteriormente, en el año 74, Vespasiano ordenó que, en León, sobre el antiguo campamento de la Legio VI Victrix, estableciese sus reales la Legio VII Gemina, que sirvió de guarnición permanente en la provincia hasta comienzos del siglo V.
Esta última unidad destinó una serie de vexillationes en diferentes partes de las provincias hispanas de la siguiente manera:
- Tarraco al servicio del gobernador de la provincia Tarraconensis
- Augusta Emerita a las órdenes del gobernador de la provincia Lusitania
- En la zona minera del Bierzo, para la supervisión de la extracción de oro y su transporte
- En la zona minera del norte de Portugal, para el apoyo a la explotación aurífera y su transporte
- En Tritium Magallum (Tricio, La Rioja) para el portorium de este centro alfarero
- En Lucus Augusti (Lugo) para su portorium
- En Segisama (Sasamón, Burgos) para la statio de control de la vía de Legio a Burdigala.
Adscritas a la Legio VII Gemina, desde, al menos, el último cuarto del siglo I, estuvieron cinco unidades auxiliares, un ala de caballería, dos cohortes equitatae y dos cohortes peditatae, que fueron las siguientes:
- Ala II Flavia Hispanorum civium romanorum, acantonada en Petavonium (Rosinos de Vidriales, Zamora).
- Cohors I Celtiberorum Equitata civium romanorum, con base en Sobrado dos Monxes (La Coruña), en el territorio del Municipum Flavium Brigantia.
- Cohors I Galica Equitata civium romanorum, acampada en Pisoraca, (Herrera de Pisuerga, Palencia).
- Cohors III Lucensium, con sus reales en Lucus Augusti (Lugo).
- Cohors II Galica, destacada en el desconocido ad cohortem Galicam.
De esta forma, durante los siglos II a V la guarnición máxima de tropas regulares romanas en Hispania no sobrepasaba los 7712 soldados entre legionarios y auxiliares, para controlar y defender los 582.925 km² de la península ibérica.
Historia de la Tarraconense[editar]
Antecedentes[editar]
La provincia Hispania Citerior Tarraconensis de época augústea nació como directa sucesora de la provincia Hispania Citerior de época republicana. Sus antecedentes, como el de toda la reorganización augústea de Hispania, hay que buscarlos en la división entre los tres legados de Pompeyo en Hispania en el momento final de la República, inmediatamente antes de la guerra civil con César. Aunque el gobernador de las dos provincias hispanas era Pompeyo, como resultado de los acuerdos del primer triunvirato con César y Craso, prefirió permanecer en Roma controlando los asuntos de la Vrbs, por lo que delegó el gobierno de Hispania en tres legati de la siguiente forma:
- Lucio Afranio en la Hispania Citerior con tres legiones
- Marco Petreyo en la parte oriental de la Hispania Ulterior con dos legiones
- Marco Terencio Varrón Lúculo en el occidente de la Hispania Ulterior con dos legiones
Terminadas las guerras civiles, esta división ensayada por Pompeyo, fue consolidada por Augusto en el año 27 a. C., que estableció formalmente las tres provincias con los nombres de Hispania Citerior Tarraconensis, Hispania Vlterior Lusitania, y Hispania Vlterior Baetica. Las dos primeras eran provincias imperiales mientras que la tercera era una provincia senatorial.
La creación de estas nuevas provincias fue realizada para poder afrontar la incorporación al territorio romano de las últimas zonas independientes de la península, habitadas por galaicos, cántabros y astures, de forma que Augusto se reservó para su mando directo las zonas habitadas por estos pueblos, aunque en el caso de la Tarraconense, engañó al Senado al incluir en una provincia militarizada y con serias amenazas bélicas una serie de comarcas pacificadas e intensamente urbanizadas y romanizadas, formadas por el valle del Ebro, las costas del Levante, y las zonas de Andalucía no pertenecientes al valle del Betis, pero en la que se incluían las zonas mineras de Sisapo, de Castulo y del sureste.
La provincia Tarraconense sirvió así como base para la anexión al Imperio de los cántabros durante las guerras astur-cántabras entre 27 a. C. y 19 a. C., residiendo el propio Augusto en 27 a. C.-26 a. C.),17 en Segisama (Sasamón, Burgos),1819 y en Tarraco,20 donde llegó a recibir una embajada procedente de la India. Durante esta estancia peninsular estuvo acompañado por su sobrino y yerno Marcelo21 y por su hijastro y futuro emperador Tiberio, quienes sirvieron como tribunos militares en el frente cántabro,22 iniciando con esta campaña su dilatada carrera de armas.
El nombre de la provincia le fue dado por el de su capital, la Colonia Urbs Triumphalis Tarraco, completando la denominación republicana de Hispania Citerior. Sus límites fueron modificados en 12 a. C., al incorporar las zonas de galaicos y astures procedentes de la provincia Lusitania (y que, tal vez antes, habían conformado una efímera provincia Transduriana23) y la zona minera en torno a Castulo, procedente de la provincia senatorial Baetica. El objetivo de Augusto con esta reorganización fue el de conseguir que todas las tropas romanas de guarnición en Hispania estuviesen al mando de un solo Legado Imperial, el de la Tarraconensis, y que las principales zonas mineras, que proporcionaban al tesoro imperial metales preciosos –oro del Macizo Galaico-Leonés y plata de Sierra Morena–, estuviesen bajo el control directo de la administración imperial, con un fácil acceso marítimo hacia Italia y Roma, lugar en el que se encontraban los talleres de amonedación, puesto que la emisión de Aureus de oro y Denarii de plata era exclusivo privilegio imperial, y se realizaba mayoritariamente en la Urbe.
La labor de los emperadores Julio-Claudios y Flavios: pacificación y romanización[editar]
Augusto, además de crear la provincia y definir sus límites, siguiendo las directrices fijadas por su tío abuelo y padre adoptivo Julio César, concedió a numerosas comunidades de esta provincia el estatuto privilegiado, bien de colonia24 –las menos– bien de municipio, romano o latino antiguo, especialmente en la costa del Levante, la zona procedente de la Bética añadida a la provincia en 12 a. C., y en el Valle del Ebro, con algunas fundaciones en las dos Submesetas y la zona noroeste, mientras que regularizó la situación del resto de las entidades políticas no privilegiadas como civitates o como populi que tenían la condición de civitas stipendiaria o comunidad sometida a tributo, con una organización interna susceptible de ser intervenida directamente por el gobernador provincial.
Esta política fue continuada por Tiberio, quien, aumentó el número de municipios privilegiados en la Submeseta Norte.
Desde Augusto hasta Nerón, las intervenciones imperiales permitieron la regularización de los viejos caminos prerromanos y su conversión en vías perfectamente señalizadas, que vertebraron el territorio provincial, y permitieron a sus habitantes el contacto con la cultura romana –el latín se transforma en la lengua común provincial rápidamente, y se hablaba ya casi exclusivamente a mediados del siglo I– y el acceso a circuitos económicos más desarrollados, con economía monetaria y la llegada de productos de importación, como cerámicas de lujo Aretinas bajo Augusto y Tiberio o Terra Sigillata Subgálica entre Calígula y Vespasiano.
Los resultados de la labor imperial en la provincia fueron los de una efectiva pacificación, solamente rota bajo Nerón con un conato de rebelión de los astures, fácilmente sofocada por el primus pilus de la Legio VI Victrix, lo que permitió reducir progresivamente la guarnición legionaria de la provincia. Así, bajo Calígula y Claudio se trasladó en 42–43 a la Legio IV Macedonica a Germania, y bajo Nerón, en 63 la Legio X Gemina fue enviada a Panonia.
En el año 68, la provincia estaba gobernada por Servio Sulpicio Galba, quien fue invitado por Vindex desde la Galia Narbonense a sublevarse contra Nerón, lo que Galba hizo tan pronto como tuvo noticia de que Nerón había decidido su muerte, y utilizó como coartada, según nos informa Suetonio, un oráculo de una joven vidente de dos siglo antes, que profetizaba que el nuevo señor del mundo saldría de Clunia.25
Así, se proclamó emperador en Clunia, y, contando con el apoyo del gobernador de la Lusitania, el futuro emperador Otón, como primera medida, procedió a reforzar el ejército de la provincia,26 formado por la Legio VI Victrix y por dos Alae de caballería y tres Cohortes de infantería, reclutando varias unidades auxiliares, al menos tres cohortes de vascones, y la Legio VII Galbiana, para partir después hacia Roma y ocupar el poder.
Asesinado Galba, la provincia fue partidaria sucesivamente de Otón y de Vitelio, y, por último, de Vespasiano.
Bajo Vespasiano, el grado de romanización de la provincia, y de toda Hispania era tal, que este emperador pudo promulgar el Edicto de Latinidad de 74, lo que permitió a numerosas comunidades urbanas de la provincia transformarse en municipios de derecho latino durante su reinado y el de sus hijos y sucesores, Tito y Domiciano.
Vespasiano decidió, también, que la provincia debía mantener una reducida guarnición militar, formada por la Legio VII Gemina Felix y sus unidades auxiliares, orientada fundamentalmente al apoyo de las labores del gobierno provincial, a labores policiales, y a la ayuda técnica y custodia de las explotaciones de metales preciosos de la provincia.
Flavios y Antoninos: La paz provincial y el desarrollo económico[editar]
Sin duda, uno de los intereses primordiales de Roma en Hispania fue extraer provecho de sus legendarias riquezas minerales, arrebatadas a Cartago. Tras el final de la Segunda Guerra Púnica, se encomendó a Publio Escipión «el Africano» la administración de Hispania, prestando una especial atención a la minería. Con estos antecedentes, no es extraño que, a lo largo del siglo I y del siglo II, la provincia proporcionase una importante aportación de metales preciosos al tesoro imperial, a través de las explotaciones auríferas del Noroeste, fundamentalmente de El Bierzo y del Norte de Portugal, y de las argentíferas de Cástulo y Sierra Morena, el antiguo Mons Marianum, explotaciones de las que también se obtenía plomo, remitido a Italia en lingotes junto con los metales preciosos.
En torno a Carthago Nova (actual Cartagena) y Mazarrón, en la Región de Murcia se continuó practicando la minería de plata, plomo, hierro, cinc y otros minerales, actividad que venía realizándose desde tiempos de los fenicios, como atestiguan la gran cantidad de pecios cargados con lingotes de mineral encontrados en la costa murciana. En este capítulo minero, también merece la pena reseñar la explotación de los yacimientos de hierro del País Vasco y de Navarra, y del Sistema Ibérico.
Así mismo, los romanos explotaron los yacimientos de cinabrio de Sisapo (La Bienvenida, Almodóvar del Campo, Ciudad Real) para obtener mercurio, destinado, entre otros usos, a la fabricación de cosméticos, y también extrajeron de las canteras de la zona de Segóbriga (Saelices, Cuenca) el lapis specularis,2728 una variante de yeso traslúcido susceptible de ser cortado en láminas para servir como vidrios de ventanas.
El capítulo de materias primas se cierra con la explotación de salinas, como, por ejemplo, en Poza de la Sal (Burgos), Peralta (Huesca) o Atienza (Guadalajara.
La provincia, a partir de los años 70, en la zona de La Rioja, con centro en el Municipium Tritium Magallum (Tricio), mantuvo un importantísimo centro de producción alfarera, que perduraría hasta bien entrado el siglo VI, fabricando la cerámica de lujo terra sigillata hispana, que fue distribuida por toda la península, el Norte de África, la Galia, Britania y el limes renano. El movimiento económico generado fue tan importante que en Tricio existió un portorium para recaudar el impuesto llamado centessima rerum venalium.
En el capítulo de la producción cerámica, merece la pena reseñar también los alfares de cerámica común de Melgar de Tera (Zamora), que empezaron a funcionar en el siglo I en relación con el abastecimiento de las tropas imperiales acantonadas en Petavonium, y con la venta de alfarería a la población civil del entorno. Sus producciones alcanzaron Legio y estuvieron en funcionamiento hasta el siglo IV. También destacaron las instalaciones de producción de terra sigillata hispana y cerámica pintada de tradición celtibérica de Uxama Argaela (Burgo de Osma-Ciudad de Osma, Soria), cuya distribución abarcó todo el Valle del Duero y la parte Oriental del Valle del Ebro.
La agricultura de tipo mediterráneo –olivar, viñedo y cereal– fue especialmente floreciente en todas las comunidades de la zona levantina, destacando la articulación de una importante zona de regadío en la parte media del valle del Ebro, entre Vareia y Caesar Augusta, como prueban el Bronce de Agón y los importantes restos de infraestructuras hidráulicas documentados en toda esta zona.
En la zona de las dos Submesetas, por su parte, el cultivo predominante fue el cerealístico, junto con la ganadería trashumante, que hundía sus raíces en época prerromana. La explotación agrícola mejoró notablemente respecto a la época anterior gracias a la abundancia de hierro y de herramientas hechas con este material, aperos que desplazaron a los mucho más primitivos prerromanos.
A ello se sumaba la explotación del bosque original de la zona, principalmente encinares y pinares, que fueron masivamente talados para proporcionar materiales de construcción y combustible, y para roturar nuevas superficies cultivables.
En la zona de Carthago Nova se practicó el cultivo del esparto, utilizado para la fabricación de cordámenes para diversos usos, entre otros, el de los barcos, por lo que la ciudad fue conocida también como Carthago Spartaria, ya en el s.VI.
También fue importante la industria de salazones localizada arqueológicamente en el actual Parque del Castro en Vigo, la antigua Vicus Spacorum, y en el yacimiento de la Campa de Torres en el actual Gijón, la antigua Gigia, ya que la producción de la salsa llamada garum fue una de las principales actividades económicas del litoral atlántico peninsular, siendo estos establecimientos vigués y gijonés los más septentrionales.
A lo largo de los dos primeros siglos del Imperio, toda la provincia fue vertebrada con la construcción de numerosas calzadas. En muchos casos, la intervención imperial consistía en pavimentar, levantar puentes, y mejorar el trazado de antiquísimas vías de comunicación prerromanas, que, muchas veces, se remontaban a la Edad del Bronce.
El trazado de las vías era encargado por el emperador a través del gobernador provincial a ingenieros y soldados pertenecientes a la guarnición de la provincia, y su ejecución se encomendaba a militares y obreros civiles en proporción desconocida, permitiendo a determinadas ciudades de la provincia sufragar en todo o en parte algunas grandes obras, como los puentes, como ocurre en Aquae Flaviae con el puente sobre el río Támega. Posteriormente a su construcción, las vías eran mantenidas regularmente y, a veces, especialmente en el siglo II, se realizaban intervenciones mayores, que quedaban reflejadas en los miliarios con las expresiones refecit o restituit.
Las vías secundarias, a veces pavimentadas, solían ser ejecutadas por las comunidades limítrofes beneficiadas por ellas, aunque tampoco era extraña la intervención del poder imperial, a través del legado de la provincia, en su mejora y construcción.
Las tres vías más importantes de la Tarraconensis fueron:
- La vía que unía Asturica Augusta con Tarraco, la capital provincial, por el valle del Ebro.
- La vía Ab Asturica Burdigalam que unía Asturica Augusta con Burdigala (Burdeos, Francia) por Oiasso (Irún, Guipúzcoa).
- La importante Vía Augusta, que comenzaba en los Pirineos, en Iuncaria (La Junquera, Gerona), enlazando con la Vía Domitia de la Galia Narbonense y descendía por toda la costa levantina en dirección a la Baetica.
También destacaban un ramal de la calzada de Asturica a Tarraco que seguía el Valle del Duero y buscaba el del Ebro por la depresión del Jalón, la calzada que comunicaba Tarraco con Augusta Emerita a través de Complutum, las tres vías que comunicaban Asturica Augusta con Bracara Augusta y con Lucus Augusti, la calzada paralela a la costa cantábrica, desde Brigantium (La Coruña) hasta Oiasso (Irún), la vía que unía Caesar Augusta con Summo Pyrenaeo (Somport, Huesca), y buena parte de la Vía de la Plata, desde su origen en Asturica Augusta hasta el límite con la provincia Lusitania.
Por su parte, el importante comercio marítimo en el Mare Nostrum –el Mediterráneo– con dirección a la Galia Narbonense, Italia y el oriente del Imperio, utilizó, fundamentalmente, los siguientes puertos:
- Tarraco, la capital provincial.
- Dertosa (Tortosa, Tarragona), a través del cual se enviaba a Roma el oro obtenido en la provincia, y donde la Classis Misenate mantuvo una estación permanente, y en el que concluía la navegación fluvial del valle del Ebro, que comenzaba en Vareia y permitía enlazar con el Cantábrico a través de la vía de las cinco villas.
- Carthago Nova, a través del cual se remitía a Italia la plata y el plomo de Sierra Morena.
En el Cantábrico, el puerto más importante fue el de Oiasso (Irún, Guipúzcoa), a través del cual se transportaban los productos del Valle del Ebro y el hierro de los montes vascos hacia la Galia, Britania y Germania Inferior. La prueba de la existencia de un importante tráfico marítimo por este mar, tanto local, como procedente de la vecina provincia Lusitania, fue la construcción junto al Municipium Flavium Brigantium de un importante y monumental faro, que conocemos con el nombre de Torre de Hércules.
La provincia Tarraconensis también aportó numerosas unidades auxiliares al ejército imperial, reclutadas normalmente de entre los pueblos de la Submeseta Norte, y el Noroeste, como arévacos, vascones, cántabros, astures o galaicos, o, de forma más general e imprecisa, llamadas con el apelativo de Hispanorum, que formaron numerosas cohortes peditatae y equitatae y alae de caballería, especialmente con los Julio-Claudios, con los Flavios y bajo Trajano.
Bastantes municipia y coloniae de la provincia, siguiendo una tradición iniciada en el período de conquista y fomentada por las autoridades romanas,29 emitieron moneda de bronce –ases, dupondios y semises– con permiso imperial bajo los emperadores Augusto, Tiberio y Calígula, y, ya como monedas de imitación o falsificaciones toleradas, bajo Claudio I, lo que indica una profundización temprana de la economía monetaria en toda la provincia y una gran necesidad de moneda fiduciaria para pequeñas transacciones.
Esta monetarización se ve corroborada por la gran cantidad de moneda imperial que aparece en los diferentes yacimientos arqueológicos de la provincia, cuya cronología empieza con los inicios del Imperio y alcanza el reinado de los emperadores Teodosio I, Honorio y Arcadio, lo que indica una importante circulación monetaria, que se corresponde con una actividad económica floreciente e intensa, aunque de mayor importancia en el valle del Ebro y Levante que en el resto de la provincia.
Modificaciones territoriales e invasión de la provincia en el siglo III[editar]
En 193, asesinados Pertinax y Didio Juliano, la guarnición de la provincia y su gobernador se proclamaron partidarios de Clodio Albino, hasta que en 195 abandonaron su causa y se pasaron a Septimio Severo, quien realizó una dura represión entre los partidarios de Albino, fundamentalmente en las ciudades privilegiadas del Valle del Ebro y el Levante, para lo cual designó como gobernador de la provincia a Tiberio Claudio Candido, un experto militar, que había apoyado la sublevación de Septimio Severo en Pannonia Superior, y que había dirigido en Roma a los peregrini o policía secreta imperial, adscrita a la Prefectura del Pretorio.
En esta época, las dificultades administrativo-económicas de numerosas ciudades de la provincia condujeron al nombramiento de un asesor imperial, un caballero o senador –curator– que aconsejara a los senados locales y a los magistrados como mejorar su administración, intentando eludir su quiebra e intentando garantizar la recaudación de tributos en favor del estado.
Hacia 210, el emperador Caracalla decidió modificar los límites de la provincia Tarraconense, para lo cual desgajó los dos conventos jurídicos del noroeste, el Lucense y el Bracaraugustano, para crear una nueva, y efímera, provincia, la Provincia Hispania Superior Gallaecia, mientras que el resto de la Tarraconensis pasaba a denominarse Provincia Nova Hispania Citerior Antoniana, con la intención de reactivar las explotaciones auríferas del noroeste, prácticamente agotadas a finales del siglo II.30 La provincia desapareció nada más morir Caracalla,31 aunque sirvió como precedente para la futura provincia Gallaecia del Bajo Imperio.
En general, las convulsiones políticas y militares que padeció el Imperio entre el asesinato de Alejandro Severo en 235 y la subida al trono de Diocleciano en 298, afectaron poco a Hispania y, en concreto a la Tarraconensis. Sin embargo, la crisis económica del estado romano se dejó sentir en la provincia, lo que se aprecia en una disminución de las intervenciones imperiales en la reparación de las calzadas y en la aparición de numerario de mala calidad, que generó una fuerte inflación y terminó por arruinar las ya precarias economías de las ciudades, produciéndose un progresivo proceso de ruralización social y económica, que culminaría dos siglos más tarde.
En el año 254 el limes de la Germania Superior fue atravesado por los germanos de la otra orilla del Rhin, y hacia el año 259 se produjo la incursión de importantes contingentes bárbaros en la Gallia Belgica, penetrando profundamente en el resto de las provincias galas, logrando algunos de estos grupos alcanzar los Pirineos y entrar en Hispania, y así, Tarraco fue saqueada por los francos en 258.
En época de Valeriano y Galieno, la provincia prestó fidelidad al Imperio Gálico de Tétrico y Victorino, aunque fue una de las primeras en volver a ser leales al emperador legítimo, ya bajo Claudio II y Aureliano.
Entre los años 268 y 278 el interior de la Galia fue saqueado, hasta que a comienzos de 278 la frontera fue restablecida por el emperador Probo. Como consecuencia, y dentro de una tendencia que afectaba a todas las ciudades del Imperio, varios núcleos urbanos de la provincia, como Barcino, Emporiae, Asturica Augusta, Legio o Lucus Augusti reformaron su cinturón de murallas, muy deteriorado con el paso del tiempo, y lo convirtieron en una defensa eficaz ante las posibles amenazas provenientes del otro lado de los Pirineos.
División de la provincia en el Bajo Imperio[editar]
Con la llegada al trono imperial de Diocleciano en 284, y la creación del sistema de la Tetrarquía, este emperador procedió a reorganizar el sistema administrativo del Imperio. Para ello, las provincias heredadas del Alto Imperio fueron divididas en otras menores, que a su vez fueron agrupadas en una nueva entidad llamada diócesis, supervisada por un vicarius directamente designado por el emperador.
Hispania fue atribuida a Maximiano, Augusto de occidente, y asignada a su César, Constancio Cloro, como Diocesis Hispaniarum, con capital en Augusta Emerita. La antigua provincia Tarraconense fue dividida en varias provincias:
- la Gallaecia a partir de los conventos Bracaraugustano, Lucense, Asturicense y parte del Cluniense
- la Carthaginense con los conventos Cartaginense, parte del Cluniense y las islas Baleares
- la nueva Tarraconense, que comprendía los antiguos conventos Tarraconense, Caesarugustano y parte del Cluniense.
Estos cambios significaron también una profunda reorientación de la política imperial respecto a las provincias hispanas, ya que, desde Augusto, la preeminencia entre estas provincias siempre había correspondido a la Tarraconensis, la única de rango consular, y Diocleciano, al crear la Diocesis Hispaniarum, otorgó la preeminencia a la Lusitania y, en consecuencia, para disminuir la importancia de la Tarraconensis, la dividió en las provincias menores mencionadas.
La nueva provincia Tarraconense tenía rango pretorio y tenía a su frente como gobernador un praeses.3233
A la muerte de Constantino I, la diocesis Hispaniarum, junto con las de Galliae, Septem provinciae y Britaniae, fue integrada dentro de la prefectura del pretorio de las Galias y, como se ha dicho, por razones de proximidad y facilidad de abastecimiento se le añadió la provincia norteafricana de Mauretania Tingitana, reducida a la zona más septentrional, en torno al Estrecho de Gibraltar, y sin conexión directa por tierra con la Mauretania Caesariensis.
La última división se produjo a mediados del siglo IV, cuando las Islas Baleares fueron segregadas de la Carthaginensis y convertidas en la nueva provincia Baleárica.
A lo largo del siglo IV, la provincia permaneció en una situación de tranquilidad y seguridad, alejada de los conflictos fronterizos e internos del Imperio, manteniéndose leales sus gobernadores al emperador de occidente, excepto a finales del siglo durante la época de los usurpadores de Magno Clemente Máximo (383 a 388) y Eugenio (392 a 394), a quienes juraron lealtad, aunque tras las derrotas que sufrieron a manos de Teodosio I, la provincia se reintegró al poder legítimo sin necesidad de ser invadida.
Esta tranquilidad se tradujo en un alto grado de prosperidad económica, manteniendo las líneas maestras diseñadas durante el Alto Imperio, pero con la novedad de la implantación de numerosas villae por toda la provincia, especialmente en el valle del Ebro y el Levante. Estas villas eran, prioritariamente, unidades de explotación agraria tipo latifundio, pero también lujosas mansiones decoradas con suntuosos pavimentos de mosaico, pinturas al fresco en sus paredes, y estatuas de mármol y otros objetos de lujo.34
A la par, la circulación monetaria fue abundante, especialmente en moneda fiduciaria –AE 2, 3 y 4–, hasta principios del siglo V, aunque en la provincia no funcionó ninguna ceca, procediendo la mayor parte de la moneda de cecas occidentales –Roma, Tréveris, Arlés, Milán...– y algunos ejemplos orientales.
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