SIGLO XIV EN ESPAÑA
Cortes de Madrid de 1339. Cortes del reino de Castilla celebradas en la ciudad de Madrid en el año 1339, durante el reinado de Alfonso XI de Castilla.
Las Cortes de Madrid de 1339[editar]
Alfonso XI de Castilla, encontrándose en Sevilla,1 convocó las Cortes de Madrid de 1339 a fin de poner orden en los asuntos del reino y para demandar los subsidios que necesitaba para poder hacer la guerra a los musulmanes,1 al igual que en las Cortes de Madrid de 1329.2
Alfonso XI, consciente del peligro que se cernía sobre Castilla en caso de que se produjera una nueva invasión musulmana, animó a su suegro, Alfonso IV de Portugal, a sumarse a la lucha contra los benimerines,3 aunque el soberano portugués, que estaba resentido por la conducta de Alfonso XI con su hija, la reina María de Portugal, se negó al principio a colaborar, aunque al final su intervención fue decisiva en la batalla del Salado, librada en 1340.3
En el verano de 1339, el rey se reunió en Sevilla con los principales magnates de su reino, entre los que se contaba Don Juan Manuel, nieto de Fernando III de Castilla, y con las autoridades eclesiásticas sevillanas, y también estuvieron presentes varios hijos de Alfonso XI, como su heredero, el infante Pedro de Castilla, y sus hijos ilegítimos Enrique, Fadrique, Fernando y Tello.3
Los procuradores respondieron favorablemente a las peticiones del rey y le otorgaron los servicios que demandaba, aunque se desconoce cuántos servicios fueron concedidos al rey.4 En el ordenamiento surgido de las Cortes de Madrid de 1339 constan 34 disposiciones,5 y a las Cortes asistieron los representantes de los concejos de las villas y ciudades del reino, así como numerosos prelados, ricoshombres y los maestres de las órdenes militares. Diversos historiadores señalan que, al igual que las Cortes de Madrid de 1329 sufragaron la conquista de Teba en 1330, las Cortes de Madrid de 1339 sufragaron la victoria castellano-portuguesa en la batalla del Salado.6
Los representantes de los concejos se quejaron ante el rey de que el ordenamiento surgido de las Cortes de Madrid de 1329 no había sido cumplido y por ello solicitaron al monarca que fuera confirmado de nuevo, lo que ha llevado a varios historiadores a considerar que no hubo reuniones de Cortes entre 1329 y 1339,7 aunque algunos historiadores barajan la posibilidad de que hubiera una reunión de Cortes en Sevilla en 1337,7 argumentando la existencia de un cuaderno de peticiones presentadas por el concejo de la ciudad de Burgos.7 Por otra parte, también consta la existencia del ordenamiento de Burgos de 1338,8 pero diversos autores opinan que dicho ordenamiento no procede de una reunión de Cortes, sino de un acuerdo entre el rey y los ricoshombres y magnates del reino.9
No obstante, diversos autores señalan que las Cortes de Madrid de 1339 no pueden ser consideradas como unas auténticas Cortes Generales,10 y afirman que en realidad consistieron en una asamblea entre el rey Alfonso XI y los procuradores del tercer estamento, sin contar con la presencia de los ricoshombres, caballeros y prelados del reino.11
Disposiciones generales[editar]
- Alfonso XI manifestó la necesidad de poder ordenar asuntos en secreto, utilizando el sello de la Poridat, de cuya custodia se encargaba el canciller del sello de la Puridad.12
- Los procuradores solicitaron al rey que corrigiera los numerosos abusos y corrupciones que se habían puesto de manifiesto en diferentes sectores de la administración del reino. Asimismo denunciaron ante el monarca que las disposiciones acordadas en las Cortes de Madrid de 1329 no se habían respetado. Por ello, el rey se comprometió a respetar lo acordado en dichas Cortes, aunque introduciendo algunas modificaciones, como, por ejemplo, en el caso de los albalaes emitidos por la cancillería real.13
- Se reiteró, al igual que en las Cortes anteriores, que los merinos menores fuesen hombres buenos, y que los merinos mayores no pudieran arrendar sus oficios.14
- Los procuradores comunicaron al monarca que los merinos cometían numerosos crímenes en todo el territorio.
- Alfonso XI se comprometió, al igual que en reuniones de Cortes anteriores, a no enajenar tierras ni vasallos de las tierras de realengo.
- El rey se comprometió a devolver a los concejos las aldeas o términos que les hubiesen sido enajenados, siempre que aportaran pruebas de que dichas posesiones les pertenecían.
- Los procuradores se quejaron ante el monarca de que los ricoshombres se estaban apoderando de numerosas aldeas pertenecientes a ciudades o villas de realengo, que veía de ese modo mermada su propia jurisdicción.15
- Alfonso XI de Castilla reformó la jurisdicción de los alcaldes de los pastores, y prohibió abrir nuevas cañadas de la Mesta por aldeas, lugares poblados, viñas o huertas plantadas, aunque ordenó conservar las cañadas que ya estaban abiertas. El 1 de noviembre de 1339, durante las Cortes de Madrid, Alfonso XI nombró a Iñigo López de Orozco alcalde entregador mayor de la Mesta, precisando sus competencias jurisdiccionales y las competencias de los otros alcaldes de la Mesta, y en el documento de su nombramiento aparecía una breve descripción del trazado de las cañadas reales.16
- También se quejaron los procuradores al rey de la severidad de las leyes suntuarias decretadas en el ordenamiento de Burgos de 1338, y el rey manifestó que sería indulgente respecto a la aplicación de las penas, aunque no modificaría lo que había sido aprobado en dichas Cortes.
- Los procuradores solicitaron al monarca que no permitiera que la cancillería real emitiese cartas desaforadas que atentasen contra los fueros o derechos de las ciudades y personas.17
Disposiciones tributarias[editar]
- Los procuradores se quejaron al rey de los daños y crímenes perpetrados por los recaudadores de impuestos.18
- Asimismo, los procuradores solicitaron al monarca que se respetara la exención de fonsado y fonsadera de que gozaban algunas ciudades y villas del reino, así como los privilegios de otras ciudades de tener encabezado por cierta cuantía el pago de los servicios y la fonsadera. Alfonso XI recordó que en las Cortes de Madrid de 1329 se había dispuesto que los cuatro servicios concedidos al monarca se podrían recaudar o bien por encabezamiento o bien por padrón, y que así se recaudaría en lo sucesivo en los reinos de León, Toledo y en Las Extremaduras.19
- Los procuradores de los concejos de Castilla solicitaron al rey que los castellanos pudiesen sacar de Castilla trigo y ganado, previo pago del diezmo, al igual que hacían los navarros y aragoneses, a lo que Alfonso XI accedió.20
- Alfonso XI de Castilla se comprometió a revisar la facultad que se le había concedido a los arrendadores de las sacas de las cosas vedadas para poder hacer pesquisas acompañados de alcaldes y escribanos, ya que dichos arrendadores habían cometido numerosos abusos.20
- Se prohibió a los mercaderes la venta de cosas vedadas, entre las que se incluían los caballos, a los extranjeros que no tuvieran una carta en la que constara que habían pagado los diezmos correspondientes.21 Esas cartas se expedían en los puertos castellanos, y en ellas se consignaba el monto de las mercancías que los comerciantes extranjeros traían a Castilla, con el objeto de permitirles a dichos comerciantes que, a su salida del reino, pudieran llevarse mercancías castellanas por un valor que no debería superar al de aquellas que antes habían introducido.21
- Los procuradores solicitaron al monarca que no permitiese que se empezasen a cobrar, en los lugares donde nunca se habían recaudado, los montazgos o derechos de paso y pasto de los ganados trashumantes.22
Disposiciones relativas a judíos y musulmanes[editar]
- Los procuradores solicitaron al rey que concediese un plazo moratorio para que los cristianos pudieran hacer frente a las deudas que tenían contraídas con los prestamistas judíos.
- Se dispuso que, en caso de discrepancia a la hora del pago de las deudas o en caso de conflicto entre cristianos de un lado y judíos y musulmanes de otro, fuera tenido en cuenta el testimonio de dos hombres buenos cristianos, pero sin que hubiera intervención en el pleito de ningún judío o musulmán.
Historia y descripción del palacio[editar]
Este imponente alcázar, conocido en la época de la conquista con el nombre de "Zuda", fue reedificado en 1309 por el rey Jaime II, junto con su esposa Esclaramunda de Foix, según modelo del Palacio Real de Perpiñán.2 En La Almudaina tuvieron sucesivamente su corte los monarcas del reino de Mallorca, los de Aragón y los de España. Felipe II destinó el "Tinell" a Real Audiencia e instaló en el resto del edificio la Capitanía General de las Islas.
La estructura actual de La Almudaina corresponde a la construida en el siglo XIV con sus diferentes espacios; los palacios del Rey y de la Reina, la capilla de Santa Ana o los baños, son los más destacados.
Su decoración presenta dos ambientes: en la planta baja se recrea el estilo medieval con obras del siglo XV al XX. La planta superior, utilizada para la celebración de actos oficiales de la Familia Real, está decorada con objetos y mobilario procedentes de otros Reales Sitios de los siglos XVII, XVIII y XIX.
El castillo actual, de origen romano, es una modificación del alcázar musulmán iniciado en 1281, se prolongó hasta 1343, durante los reinados de Jaime II, hijo de Jaime I el Conquistador, Sancho I y Jaime III. La Almudaina fue la sede del próspero reino mallorquín del siglo XIV, durante los reinados del citado monarca y de sus sucesores Sancho I y Jaime III, hasta pasar a la Corona de Aragón con Pedro IV en 1349.
Durante la primera mitad del siglo XVI se construyó la planta alta por orden del rey Carlos I de España, que fue el último monarca en visitarlo hasta que en 1860 se alojó en él la reina Isabel II junto con su esposo y sus hijos (del 12 al 16 de septiembre).
Del mismo modo que en Madrid el Palacio de Oriente, el Palacio Real de La Almudaina, es la residencia oficial de verano del Rey, si bien habita efectivamente junto al resto de la Familia Real española en el Palacio de Marivent, como ocurre en Madrid con el Palacio de la Zarzuela.
El reino de Algeciras de la Corona de Castilla tiene su origen en 1344, cuando Alfonso XI conquistó el reino meriní de Algeciras. Desde ese momento el título de "rey de Algeciras" figuró entre los títulos de los monarcas castellanos y hasta la actualidad lo hace entre los títulos de la Corona de España.
Sin embargo tras la muerte de Alfonso XI mientras sitiaba Gibraltar en 1350, gracias al debilitamiento que sufría Castilla por las luchas dinásticas que sufría, Muhammed V de Granada pudo sitiar y reconquistar la ciudad en 1369.1 El rey nazarí reconstruyó sus murallas y la repobló, pero en 1379 comprendiendo que Castilla ya se había repuesto de sus luchas internas y que no podría conservar la ciudad mucho tiempo, prefirió destruirla a que volviera a manos castellanas. Tras la destrucción de Algeciras el territorio de su antiguo reino pasó a pertenecer sucesivamente a Tarifa, a Jerez de la Frontera y finalmente a Gibraltar, tras su conquista definitiva en 1462.
Se conoce con el nombre de batalla de Épila al enfrentamiento armado que tuvo lugar el día 21 de julio del año 1348 en esa localidad zaragozana entre los partidarios de la Unión aragonesa y los del rey Pedro IV, encabezados por don Lope de Luna. Esta batalla fue el colofón de un largo enfrentamiento entre un amplio sector de la nobleza y el pueblo de Aragón contra su rey natural con la derrota total y definitiva de la Unión.
Antecedentes[editar]
El inicio de los enfrentamientos directos entre el rey de Aragón y buena parte de la nobleza y los municipios del Reino debe retrotraerse al año 1282, tras la conquista de Sicilia por Pedro III, su excomunión por el papa y la negativa aragonesa a apoyar al rey en las subsiguientes guerras contra el rey de Francia. En ese momento, para conseguir una presión más efectiva sobre el rey y protegerse mutuamente, la alta nobleza aragonesa firmó el Juramento de la Unión, por el que se comprometieron a prestarse apoyo mutuo contra el rey en el caso de que éste intentase menoscabar sus privilegios. Esta primera rebelión nobiliaria se amplió posteriormente con la inclusión en la Unión de las principales ciudades aragonesas y, en especial, la ciudad de Zaragoza, capital del Reino.
La consecuencia inmediata fue que en las Cortes de Zaragoza de 1283 Pedro III se vio obligado a aceptar el llamado Privilegio General de la Unión, ampliado todavía años después, en 1287, durante el reinado de su hijo Alfonso III, en los Privilegios de la Unión de este año.
La Unión contra Pedro IV[editar]
Pedro IV el Ceremonioso se había convertido en rey de Aragón en el año 1336 a la muerte de su padre Alfonso IV y su primer gran problema de política interna se produjo en 1347 con la reactivación de la Unión aragonesa. El motivo original del enfrentamiento estuvo en la decisión del monarca de hacer jurar como heredera de la Corona de Aragón a su hija Constanza, lo cual lesionaba los derechos dinásticos del infante Jaime, hermano del rey. Este, que ejercía ya como Gobernador de Aragón, acudió de inmediato a Zaragoza a pedir el apoyo de la nobleza aragonesa contra la decisión real. Los nobles decidieron jurar de nuevo la Unión en apoyo del infante, movimiento al que pronto se sumó la mayoría de los municipios, incluyendo la capital. Al mismo tiempo, en el propio Reino de Valencia se organizó también otra Unión similar a la aragonesa.
En un primer momento Pedro IV procuró solucionar el enfrentamiento recurriendo a la diplomacia: convocó Cortes en Zaragoza y en ellas concedió la revocación de su decisión y se avino a confirmar los Privilegios de la Unión de 1287, no sin haber declarado antes en secreto que todas las mercedes que concediera quedaban sin efecto por haberlas tenido que hacer contra su voluntad. A partir de ese momento, la única salida posible al conflicto pasaba a ser el enfrentamiento armado.
Poco después de finalizar las Cortes el infante Jaime murió en Barcelona, probablemente envenenado por orden del propio rey, y es su hermanastro Fernando el que, desde Valencia, se pone al frente de la rebelión contra el monarca. A finales de 1347 en los dos reinos —Aragón y Valencia— se suceden los enfrentamientos: Por un lado, la Unión valenciana vence a los realistas en Pueblo Largo y en Bétera pero, por otro, en Aragón, el rey consigue atraer a su bando a algunos de los principales nobles aragoneses como Lope de Luna y a las importantes comunidades de aldeas de Daroca y Teruel. Por último, a principios de 1348 Pedro IV consigue llegar a un acuerdo con la Unión valenciana por lo que toda la actividad militar se concentra a partir de entonces en el Reino de Aragón.
La batalla[editar]
En Aragón, durante la primavera de 1348, los unionistas habían concentrado todas su fuerzas en Zaragoza dispuestos a obligar por la fuerza a colaborar con ellos a los nobles que aún apoyaban al rey. Por su parte, Lope de Luna intentaba tomar la ciudad de Tarazona, integrante de la Unión. En ese momento, a principios del mes de julio, Pedro IV, una vez pacificado el reino de Valencia y con el apoyo de los habitantes de Teruel, Daroca y Calatayud se propuso marchar sobre Zaragoza para poner fin a la revuelta. Los unionistas, dándose cuenta de que no podrían hacer frente a las fuerzas reunidas de Pedro IV y Lope de Luna, intentaron cortarles el paso tomando un enclave intermedio que se hallaba en poder de los realistas, la villa de Épila. Por su parte, Lope de Luna comprendió igualmente que si los unionistas tomaban Épila él mismo se vería bloqueado e imposibilitado de recibir el apoyo del rey. Por ello dejó de inmediato el cerco de Tarazona y se dirigió a toda velocidad hacia Épila para impedir que fuera tomada. Allí tuvo lugar el enfrentamiento armado definitivo el 21 de julio de 1348.
Los ejércitos contendientes[editar]
Ejército Real[editar]
En Épila
- Blasco de Alagón y Juan Ximénez de Urrea, hermanos.
- Tomás Cornel.
- Martín López de Pomar –alcaide-.
Ejército de Lope de Luna
- Lope de Luna, con 400 caballeros.
- Álvar García de Albornoz con 600 caballeros.
- Peones de Daroca.
Ejército de la Unión[editar]
- Infante Fernando de Aragón.
- Juan Ximénez de Urrea, señor de Biota.
- Juan Ximénez de Urrea, capitán de la Unión.
- Peones de Zaragoza.
- 15.000 hombres entre caballeros y peones.
Desarrollo[editar]
La batalla dio comienzo en la mañana del 21 de julio con el intento de las tropas de la Unión, dirigidas por Juan Ximénez de Urrea, hijo, de asaltar por la fuerza la villa de Épila. Dentro se había refugiado una parte del ejército real, cuya misión era defender la plaza hasta que el núcleo central de las tropas de Pedro IV consiguiera reunirse con las de Lope de Luna. El ataque frontal fue muy duro pero los unionistas carecían de material de sitio suficiente para forzar las defensas y tampoco tenían tiempo para prepararlo pues sabían que Lope de Luna había abandonado el sitio de Tarazona y se dirigía hacia el Jalón para forzar el enfrentamiento. Rechazado el primer asalto, los unionistas se dedicaron a quemar las mieses y los arrabales intentando de esa manera forzar un enfrentamiento en campo abierto, que no llegó a producirse. A mediodía llegaron al Jalón las avanzadillas del ejército real de Lope de Luna. La rapidez de su actuación, la sorpresa de su llegada y la falta de previsión de los cabecillas de la Unión, que no esperaban que el de Luna pudiera presentar batalla ese mismo día, decidió la jornada.
El desenlace de la batalla se centró en el puente sobre el Jalón. Los unionistas trataron de cerrar el paso allí a los mercenarios castellanos que llegaban al mando de Gómez de Albornoz pero la inexperiencia de los peones de la ciudad de Zaragoza no pudo frenar a varios cientos de caballeros bien armados y avezados en el uso de las armas, que no solo se abrieron paso hasta la otra orilla sino que atacaron directamente a los nobles aragoneses que se mantenían en la reserva. Una parte de estos se dio de inmediato a la fuga por lo que la capacidad de reacción de las tropas de la Unión fue casi nula. Solo los nobles más comprometidos con la causa consiguieron formar un frente de combate con la intención de resistir hasta la caída de la noche. Pero finalmente, una salida feroz de las tropas realistas que se habían mantenido a la espera dentro de la villa de Épila rompió esta última resistencia, causando además la muerte de los principales cabecillas de la Unión o su aprisionamiento.
Consecuencias[editar]
La victoria de las tropas realistas en la batalla de Épila fue completa y definitiva. En la propia batalla murieron los principales valedores de la Unión como Juan Ximénez de Urrea, señor de Biota, Gombal de Tramacet o Jimén Pérez de Pina. Presos quedaron los principales capitanes como Juan Ximénez de Urrea, hijo del anterior, que había dirigido el ejército de la Unión en las acciones del reino de Valencia y que murió ejecutado pocos días después por orden del rey, y Pedro Fernández, señor de Híjar. El propio infante Fernando, que había caído preso en manos de soldados castellanos, fue enviado por estos a Castilla ante el temor de que el rey mandara matarlo también.
A continuación Pedro IV mando convocar Cortes en Zaragoza y concedió el título de Conde de Luna a Lope de Luna, el primer noble en Aragón en obtener este título sin pertenecer a la casa real. El cuatro de octubre, por último, las Cortes de Aragón revocaron definitivamente todos los privilegios y derechos de la Unión y el propio rey con su puñal rasgó los documentos que recogían los privilegios. Sin embargo, al mismo tiempo el rey amplió los poderes del Justicia de Aragón para mediar en los conflictos entre los aragoneses y el monarca, de manera que, en realidad, buena parte de los derechos que los nobles se habían atribuido en la Unión, quedaban salvaguardados en la figura del Justicia y ampliados a todos los aragoneses.
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