sábado, 17 de julio de 2021

HISTORIA DE ESPAÑA

 SIGLO XIV EN ESPAÑA - ANDALUS

El ataque español a Gravesend tuvo lugar en 1380 cuando 20 galeras partidas de Sevilla que habían atacado ya ciudades inglesas, parten de nuevo de Harfleur, en Francia, al mando de Fernando Sánchez de Tovar. El condestable Íñigo González de Velasco se encontraba en el ataque. La flota, que contaba con 20 galeras, remontó el Támesis e incendió Gravesend, en el condado de Kent, a menos de 20 kilómetros de Londres.

El ataque se enmarca en el contexto de la guerra de los Cien Años, que provocó esta reacción, junto con otros ataques a territorio inglés, debido a la política hostil de Juan de Gante, primer duque de Lancaster.





La batalla de la isla Saltés (17 de julio de 1381), combate naval entre una escuadra portuguesa y otra castellana, con victoria de la segunda, desarrollado fundamentalmente en aguas próximas a la isla Saltés (en la actual provincia de HuelvaAndalucíaEspaña), durante la tercera guerra fernandina.

Batalla de la isla Saltés
Parte de Tercera guerra fernandina
Guerra de los cien años
Combate naval no porto de Saltes - História de Portugal, popular e ilustrada.png
Fecha17 de julio de 1381
LugarJunto a la isla Saltés (Huelva)
Coordenadas37°15′N 6°57′OCoordenadas37°15′N 6°57′O (mapa)
ResultadoVictoria decisiva castellana
ConsecuenciasCastilla se convierte en la potencia hegemónica del Atlántico
Beligerantes
Brasão de armas do reino de Portugal (1247).svg Portugal
Apoyado por:
Arms of John of Gaunt, 1st Duke of Lancaster.svg Reino de Inglaterra
Royal Coat of Arms of the Crown of Castile (1284-1390).svg Corona de Castilla
Comandantes
Juan Alfonso TelloFernando Sánchez de Tovar
Fuerzas en combate
23 galeras17 galeras
Bajas
22 galeras y sus tripulaciones capturadasMuy escasas (desconocidas con exactitud)

Antecedentes[editar]

Fernando I de Portugal sostuvo, a raíz de la muerte de Pedro I, tres conflictos con Castilla (por la posesión de cuyo trono alegaba tener derechos), conocidos por los portugueses como guerras fernandinas. En 1381, rompiendo el Tratado de Santarém (1373) que puso paz a la segunda, decidió atacar de nuevo a Castilla, iniciando así la tercera. Para ello contaba con una recién firmada alianza con la Inglaterra del joven Ricardo II. El duque de Lancaster también tenía, desde 1371, pretensiones al trono castellano, y vio en este pacto un medio para hacerlas efectivas. Por ello se comprometió a desembarcar unos 2000 hombres (la mitad de ellos eran los temibles arqueros ingleses), al mando del conde de Cambridge, en Lisboa, para apoyar a continuación con ellos una incursión lusa en territorio enemigo.

Para impedir que el contingente aliado fuera interceptado en alta mar por la armada de Castilla, el monarca portugués planeó un bloqueo naval en torno a la desembocadura del Guadalquivir, pues por ella habría de salir necesariamente la escuadra enemiga que, al mando del Almirante Fernando Sánchez de Tovar, estaba entonces anclada en Sevilla. Conociendo la cantidad de galeras que la componían (17), armó otra superior en número (23 galeras), que marchó desde Lisboa, a mediados de julio de 1381, al mando de su cuñado Juan Alfonso Telloconde de Barcelos.

Batalla[editar]

Sin embargo, prácticamente al mismo tiempo que se daba dicha partida, zarpaba ya de su base hispalense Sánchez de Tovar, poniendo rumbo noroeste después de salir a mar abierto. El día 17, navegando en sentidos opuestos, las dos escuadras se avistaron frente a las costas del Algarve. En ese momento, tras evaluar la situación, el almirante castellano consideró muy improbable obtener una victoria en tales circunstancias, y ordenó virar y regresar a puerto. Su homólogo portugués vio entonces una oportunidad única de vencer al rival que se retiraba, e inició una persecución.

A partir de esos instantes se puso de manifiesto la sobresaliente inteligencia táctica de Tovar como marino. Ordenó remar a sus hombres a un fuerte ritmo, obligando a sus perseguidores a elevar al máximo el esfuerzo para intentar superar la rapidez del contrincante. Pero dada la distinta velocidad a la que avanzaban, iba aumentando la distancia entre los barcos portugueses, estirándose su formación. Tras unas dos horas de boga, el agotamiento, la sed y el calor del verano hicieron mella en los remeros lusos, y muchas de sus naves se quedaron rezagadas. Ocho de ellas, al pasar frente a la pequeña isla Saltés (cerca de Huelva), se detuvieron a destruir los bienes de los pescadores de las cercanías, pretendiendo con ello eliminar la competencia que estos suponían para los de Portugal.

Tovar mandó entonces parar a los suyos. Descansaron lo justo para, a continuación, virar las proas y lanzarse en formación compacta hacia el enemigo. Acometieron con gran fuerza a las galeras de vanguardia, rindiéndolas fácilmente. Después, el resto de ellas se aproximaron de una en una a los castellanos, quienes a su llegada las iban capturando sin dificultad. Habían caído en una trampa de la que no podían librarse: necesitaban imperiosamente remar lo más rápido posible para arribar cuanto antes a la línea de combate, sumándose así a sus compañeros en apuros para tratar de evitar una derrota que se iba consumando progresivamente. Pero a la vez esto hacía que su cansancio al llegar a la pelea fuera mayor, incapacitándoles de esta forma para enfrentarse con éxito a los de Castilla. Un subalterno, Alfonso Añes, aconsejó durante la jornada al almirante portugués frenar y reagrupar las fuerzas, pero este (a la sazón con una escasa experiencia militar) se negó a considerarlo y juzgó prioritario alcanzar cuanto antes a los perseguidos. Tal vez pensó que si optaba por hacer caso a la sugerencia Tovar podría evadirse definitivamente, y a él se le escaparía un triunfo que había dado por seguro, teniendo entonces que retornar a Lisboa deshonrosamente fracasado, pues las expectativas de victoria con las que le despidió el soberano en el puerto fueron muy altas.

Consecuencias[editar]

Solo una (que no llegó al combate y volvió al lugar de partida) de las 23 galeras portuguesas se libró de ser capturada por los hombres de Fernando Sánchez de Tovar, quien entró triunfante con sus 22 presas en el puerto de Sevilla, con gran júbilo de sus habitantes. No obstante, este hecho permitió a los ingleses atracar en Lisboa y desembarcar allá sus fuerzas, tal como pretendían, sin impedimentos. Seguidamente dispusieron sus barcos preparándose para un encuentro con el almirante castellano, pero al no acudir este finalmente, las naves regresaron a Inglaterra, quedando en la ciudad las fuerzas terrestres.

La rotunda victoria de la flota de Sánchez de Tovar tuvo evidentes consecuencias para la guerra fernandina. Anuló la capacidad ofensiva naval de Portugal, quien tuvo que dar por hecha la supremacía castellana en el Atlántico. Ese año los lusos no pudieron armar más flotas contra Castilla, quien, por su parte, no necesitaba hacer lo mismo, pues con la que disponía ya ejercía el dominio efectivo de las aguas. Por tanto, con la batalla de Saltés se dio por terminada la campaña marítima de 1381.

Los efectos de la derrota portuguesa también se sintieron al año siguiente, cuando el reino tuvo que afrontar, más debilitado militarmente que de costumbre, una vigorosa ofensiva por mar y tierra de los castellanos. Estos llegaron hasta las puertas de Lisboa, obligando a Fernando I a firmar en agosto la paz con Juan I, mediante el Tratado de Elvas. Después de la guerra Juan Alfonso Tello tuvo que dejar el cargo por la derrota y cederla otra vez a Lanzarote Pessanha.





La batalla de La Rochelle tuvo lugar el 22 de junio de 1372 entre una escuadra inglesa y otra castellana, con victoria de la segunda, frente a las costas de la ciudad de La Rochelle (también llamada en español La Rochela). Fue la primera fase del asedio de La Rochelle, concluido el 23 de agosto del mismo año, en el que fuerzas terrestres y navales franco-castellanas tomaron la ciudad, hasta entonces en poder de Inglaterra, en el contexto de la guerra de los Cien Años.

Batalla naval de La Rochelle
Guerra de los Cien Años
Bataille de la Rochelle.jpg
Miniatura de la batalla del siglo XV
Fecha22 de junio de 1372
LugarCosta de La Rochelle (Guyena)
Coordenadas46°10′00″N 1°09′00″OCoordenadas46°10′00″N 1°09′00″O (mapa)
ResultadoVictoria decisiva castellana
Beligerantes
Royal Arms of England (1399-1603).svg InglaterraRoyal Coat of Arms of the Crown of Castile (1284-1390).svg Castilla
Comandantes
Conde de Pembroke  (P.D.G.)Ambrosio Bocanegra
Fuerzas en combate
~ 36 naos12
14 transportes
De 203​ a 224​ barcos
Bajas
48 barcos capturados o destruidos5

~800 muertos4

De 1601​ a 4004​ caballeros prisioneros

De 15006​ a 80005​ soldados prisioneros
Muy escasas123456

Ninguna7

Antecedentes[editar]

En 1369 Carlos V de Francia reanudó las hostilidades de la guerra de los Cien Años con Inglaterra, violando así el Tratado de Brétigny (1360) que había puesto paz entre los contendientes. En buena medida su decisión se basaba en que ahora podía contar con la ayuda de Enrique II de Castilla, quien disponía de una poderosa armada, lo cual daba a la nueva ofensiva muchas posibilidades de éxito.

Dicha alianza franco-castellana se remontaba a la guerra civil castellana (1366-1369), en la que Enrique de Trastámara (futuro Enrique II), buscando contrarrestar los efectos de la coalición que con Inglaterra había formado su oponente Pedro I, firmó con Carlos V de Francia un acuerdo de cooperación militar. Según el Tratado de Toledo de 20 de noviembre de 1368, Castilla debería aportar el doble de naves que los franceses en las operaciones navales conjuntas que se desarrollaran a partir de entonces.

Dentro de su estrategia de conquista de plazas fuertes inglesas, el rey francés pretendía redoblar el cerco sobre La Rochela, punto clave para el control del Ducado de Guyena, en poder de Inglaterra. Por ello pidió la colaboración naval castellana, y Enrique II envió una flota al mando del almirante Ambrosio Bocanegra, sucesor en el cargo de su padre Egidio, de origen genovés como él. Eduardo III de Inglaterra, consciente de la importancia de dicha plaza, se propuso defenderla a toda costa, y empleó para ello abundantes recursos en formar una armada, confiriendo el mando de ella a su yerno Juan de Hastings, conde de Pembroke. Además de los barcos de guerra iban en ella naves de transporte con hombres, material y dinero destinados a la guerra en la Guyena.

La batalla[editar]

Las fuentes medievales que aluden a este combate difieren en la información que sobre él aportan. Jean Froissart, cronista caracterizado por su anglofilia, menciona una superioridad numérica castellana. Sin embargo, el contraste con otras fuentes indica que seguramente la situación era la contraria. Se estiman, como datos más probables, 203​ o 224​ barcos castellanos (fundamentalmente galeras y unas pocas naos) y 36 naos inglesas12​ (más 14 embarcaciones de carga y transporte).

Probablemente fue la escuadra inglesa la que llegó primero a La Rochelle. El día 21 fue avistada por la castellana, entre cuyos capitanes se encontraban, además del almirante, Fernán Ruiz Cabeza de VacaFernando de Peón y Ruy Díaz de Rojas (merino mayor de Guipúzcoa y jefe de las naos). Tras tener una escaramuza sin importancia con el enemigo y haber estudiado la situación, Bocanegra decide retirarse.

Lo que los marinos ingleses achacaron a una cobardía del genovés (como así lo pregonaron) fue en realidad una estratagema. Sabedor de las condiciones naturales del lugar y de las características de las naves de ambos bandos, el almirante prefirió esperar al día siguiente. En esa jornada cuando, durante la bajamar, las naos inglesas quedaron varadas, y antes de que subiera la marea y pudieran flotar, se acercó a ellas la escuadra castellana sacando ventaja de la mayor ligereza y menor calado de sus galeras.

Aprovechando su inmovilidad, los castellanos lanzaron sobre los ingleses artificios de fuego (seguramente con bombardas) que estos no pudieron esquivar, produciéndose entre ellos una gran mortandad (800 hombres aproximadamente perecieron a causa de las llamas o ahogados4​).

La derrota anglosajona fue total. Todas sus naves fueron quemadas, hundidas o apresadas por el enemigo. Los hombres que no murieron en combate, entre ellos el propio Pembroke, fueron hechos prisioneros. Esto incluía a caballeros (entre 1601​ y 4004​) por cuyo rescate se podían pedir elevadas sumas de dinero, y soldados del contingente enviado desde Inglaterra con destino a la guerra en la Guyena. El número de estos últimos es incierto. Fernández Duro, basándose en la Crónica Belga,4​ lo estima en unos 8000.5​ El historiador James Sherborne, haciendo lo propio en crónicas inglesas de la época, da la cifra de 1500.6​ Los castellanos también se hicieron con el dinero (que el cronista Walsingham cifra en 20 000 marcos8​) que el rey de Inglaterra había embarcado para pagar a las tropas combatientes en la zona. Como colofón, durante el viaje de regreso hacia Santander, Bocanegra apresó, en torno a la latitud de Burdeos, otros cuatro barcos ingleses.

Al hacer prisioneros, el almirante de Castilla tuvo con los vencidos en esta batalla un gesto humanitario inusual en aquellos tiempos, pues era costumbre entonces degollar o arrojar al agua a todos los adversarios, aunque se hubieran rendido. Pembroke y setenta caballeros «de espuelas doradas»2​ fueron enviados a Burgos, a la presencia del rey Enrique, quien hizo entrega al condestable francés Bertrand du Guesclin del conde rehén, quien murió más tarde durante el cautiverio.

Consecuencias[editar]

La capacidad de mantener la posesión de la ciudad, e incluso de toda la Guyena, se redujo drásticamente. El primer efecto de la derrota inglesa fue permitir la conquista de La Rochelle, lo que consiguieron dos meses después fuerzas terrestres y marítimas franco-castellanas. Y este hecho marcó el desarrollo de la guerra de los Cien Años, pues como resultado de la pérdida de esta estratégica plaza (además de los soldados y recursos embarcados en la flota vencida) Inglaterra tuvo más dificultades para defender sus posesiones en la Guyena frente a la ofensiva francesa, que se endureció a partir de este momento.

Por lo que respecta a la Corona de Castilla, su rotunda victoria tuvo para ella favorables repercusiones militares y económicas. Se consolidó como primera potencia naval en el Atlántico, otorgando así mayores posibilidades mercantiles a sus marinos, fundamentalmente vascos y cántabros unidos bajo la Hermandad de las Marismas. El comercio de lana entre Inglaterra y Flandes se había interrumpido a causa de la guerra, y ahora será Castilla la que sustituya en esta actividad a la derrotada. Sus mercaderes construyeron incluso un almacén en Brujas. Los ingresos obtenidos de las exportaciones propiciaron un auge económico castellano, y Burgos se convirtió en una las ciudades más importantes de Europa Occidental.

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